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Deuda soberana

Quién puja por el dinero: la deuda de la IA y el precio del largo plazo

El bono estadounidense a treinta años roza el 5,34%, máximos desde 2007, y el francés al mismo plazo supera el 4,85%. Detrás no hay solo geopolítica: hay dos olas de emisión —la soberana y la de la inteligencia artificial— compitiendo por el mismo ahorro.

Antonio Madera del Pozo · 19 de agosto de 2026 · 7 min de lectura

Hay un dato que ordena el verano mejor que cualquier titular: el bono del Tesoro estadounidense a treinta años ha llegado a ofrecer un 5,34%, un nivel que no se veía desde 2007. No es un episodio aislado ni exclusivamente americano. El bono francés al mismo plazo ha superado el 4,85%, máximos desde 2008; el alemán roza el 3,73%, cotas inéditas desde 2011; y el gilt británico a treinta años se negocia por encima del 5,85%. Cuando el tramo largo de todas las curvas desarrolladas se mueve en la misma dirección y con esta intensidad, lo que está cambiando no es el humor del mercado: es el precio del tiempo.

La explicación cómoda es la geopolítica. Y algo hay: la persistencia del conflicto en Oriente Próximo mantiene viva la prima de inflación y ha estrechado como pocas veces la correlación entre el precio de la energía y las rentabilidades exigidas. Pero atribuirlo todo a la guerra sería confundir el detonante con la causa. El empinamiento de las curvas venía de antes, y responde a un fenómeno mucho más prosaico: hay más papel que dinero dispuesto a comprarlo a los precios de ayer.

Dos olas de emisión, un solo bolsillo

Empecemos por la oferta soberana, que es la conocida. La Oficina Presupuestaria del Congreso estadounidense proyecta un déficit cercano a 1,9 billones de dólares para 2026, un 5,8% del PIB frente al 3,8% de media en el último medio siglo, con una factura de intereses que por sí sola superará el billón. Europa no ofrece un panorama más holgado: según estimaciones de S&P Global Ratings, Italia deberá refinanciar este año deuda equivalente al 17% de su PIB, Francia al 12% y Alemania y el Reino Unido en torno al 7%. Refinanciar a los tipos de hoy lo que se emitió en la década de tipos cero es, sencillamente, el mayor ajuste presupuestario silencioso de nuestro tiempo.

La novedad está en la segunda ola, y no viene de los Estados. Goldman Sachs estima que la emisión de deuda vinculada a la inteligencia artificial alcanzó 489.000 millones de dólares en los siete primeros meses de 2026, por encima de los 322.000 millones de todo 2025. Los cinco grandes hiperescaladores —Amazon, Alphabet, Meta, Microsoft y Oracle— habían colocado ya cerca de 194.000 millones a principios de julio, frente a los 108.000 de todo el ejercicio anterior. Amazon acudió al mercado con una operación de 25.000 millones repartida en ocho tramos con vencimientos que llegan a 2066; Alphabet se convirtió en la primera tecnológica en décadas en emitir un bono a cien años. Y conviene subrayar un matiz que suele perderse: según el propio banco, solo el 40% de esa emisión procede directamente de los hiperescaladores. El resto lo aportan operadores de centros de datos, fabricantes de semiconductores y una constelación de proveedores con perfiles crediticios sensiblemente más frágiles.

El Tesoro y la inteligencia artificial han empezado a llamar a la misma puerta, y esa puerta tiene un ancho limitado.

La consecuencia aritmética es inevitable. Barclays calcula que la emisión neta corporativa estadounidense alcanzará los 945.000 millones de dólares este año, un 30% más que en 2025, y Goldman cifra en torno al 30% la proporción de la nueva oferta neta con grado de inversión en dólares que ya corresponde a proyectos de IA. El fenómeno ha cruzado el Atlántico: las corporaciones no financieras estadounidenses han emitido más de 60.000 millones de euros en deuda denominada en euros, un récord, y Morgan Stanley estima que el endeudamiento en euros de los hiperescaladores podría alcanzar los 50.000 millones este año. Cuando dos emisores del tamaño de un Estado y de un gigante tecnológico compiten por el mismo ahorro, el precio de equilibrio solo puede moverse en una dirección.

Lo llamativo: los diferenciales no gritan

Aquí aparece la paradoja que conviene explicar bien. Pese a semejante avalancha de papel, los diferenciales corporativos con grado de inversión han permanecido extraordinariamente comprimidos, en el entorno de los 76 puntos básicos frente a una media de diez años próxima a los 130, tras haber marcado en enero el nivel más estrecho desde 1998. El mercado, en otras palabras, no está interpretando este volumen como una señal de estrés crediticio.

¿Y por qué no? Porque el ajuste no se está produciendo en el diferencial, sino en el activo libre de riesgo sobre el que ese diferencial se calcula. Los emisores tecnológicos de máxima calidad colocan a cien o ciento diez puntos sobre el Tesoro y sus libros se llenan; lo que ha subido no es la prima que paga Amazon, sino el suelo desde el que parte. Esa es exactamente la definición de un problema soberano y no corporativo, y es la razón por la que quien mire solo los spreads concluirá que no pasa nada mientras el coste de financiación de todo el sistema se desplaza al alza.

Al fondo late además un cambio estructural en la demanda que no debemos perder de vista: los bancos centrales han dejado de ser compradores de último recurso, y esa retirada obliga al mercado privado a absorber, sin red, dos olas simultáneas de emisión.

Por qué esto no se traduce en degradaciones inmediatas

Llegados a este punto, la pregunta que me trasladan con más frecuencia es si cabe esperar una oleada de rebajas de calificación soberana. Mi respuesta es que no, y conviene explicar por qué sin que suene a complacencia.

Una calificación soberana no es una fotografía del mercado. Se construye sobre variables que se mueven despacio: la estructura de la economía y su potencial de crecimiento, la solidez institucional, la profundidad y estabilidad de la base inversora, la vida media de la deuda, la moneda en que está emitida y la existencia de un prestamista de última instancia. Un repunte de rentabilidades —incluso uno tan pronunciado como el de estas semanas— es, en esa escala, una variable de flujo que tarda años en trasladarse al stock. Con vidas medias que en las principales economías europeas se sitúan en el entorno de los ocho años, la subida de hoy afecta a la porción que vence, no a toda la deuda viva.

A ello se añade un elemento que en el análisis se pondera con especial cuidado: el coste sube a la vez para todos. Un encarecimiento generalizado del activo libre de riesgo no altera, por sí solo, la posición relativa de un emisor frente a sus pares, y la calificación es siempre un juicio comparado. De hecho, el episodio ha dejado un reparto llamativo: el diferencial español se mantiene alrededor de los 45 puntos básicos y el portugués en el entorno de los 30, mientras Francia ha escalado hasta cerca de 84, superando ya a Italia. La periferia ha dejado de ser el foco de las ventas, y eso —que hace una década habría sido impensable— es precisamente el tipo de movimiento estructural que sí acaba reflejándose en las calificaciones.

Dicho lo cual, no confundamos explicación con tranquilidad. Hay tres variables que sí vigilamos de cerca, porque son las que convertirían un fenómeno de mercado en un problema de solvencia: que la carga de intereses sobre ingresos corrientes se instale en una senda ascendente sin corrección presupuestaria; que la vida media de la deuda se acorte por dificultad de colocar el tramo largo, aumentando la sensibilidad a cada refinanciación; y que el deterioro deje de ser común y pase a ser idiosincrático, es decir, que un emisor concreto se desmarque de sus pares por razones propias. Francia, con su calendario presupuestario y su horizonte electoral, es hoy el caso que más atención merece en Europa.

En definitiva, lo que estamos presenciando no es una crisis de deuda soberana, sino una recomposición del precio del largo plazo provocada por dos demandantes que han crecido a la vez. Las calificaciones no se moverán por ello, y hacen bien en no moverse: están diseñadas para mirar la estructura, no la sesión. Pero el analista que se quede tranquilo por eso habrá entendido mal el oficio. Nuestro trabajo no consiste en reaccionar al ruido, sino en distinguir cuándo el ruido deja de serlo — y esa distinción se juega en el calendario de vencimientos, no en el titular de hoy.

Fuentes de los datos citados: rentabilidades de deuda soberana y diferenciales, elEconomista y Reuters (agosto de 2026); proyecciones fiscales estadounidenses, Oficina Presupuestaria del Congreso; necesidades de refinanciación, S&P Global Ratings; emisión vinculada a IA, Goldman Sachs vía Bloomberg Línea; emisión neta corporativa, Barclays; emisión en euros y previsiones, Morgan Stanley y LSEG; diferenciales con grado de inversión, datos de mercado a mayo de 2026. Cifras a la fecha de publicación; conviene contrastarlas con la fuente primaria antes de citarlas.

Las opiniones expresadas en este artículo son estrictamente personales y no representan la posición de ninguna entidad con la que el autor mantenga relación profesional.

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