En un mundo económico que evoluciona constantemente, enfrentamos el desafío crítico de la inactividad juvenil, un tema central del Objetivo de Desarrollo Sostenible (ODS) número 8. Este objetivo promueve un crecimiento económico fuerte, inclusivo y sostenible, poniendo especial atención en los jóvenes.
Para el ODS 8, la meta es reducir la tasa de inactividad juvenil a un 8%. Sin embargo, muchos países aún están lejos de alcanzar este objetivo. En Italia, España, Francia y Portugal, las tasas de inactividad juvenil son del 26%, 19%, 15% y 14%, respectivamente, superando significativamente la meta establecida. Solo Noruega y Países Bajos han logrado alinearse con este objetivo.
El desempleo juvenil no solo es un número; impacta profundamente en lo social y económico.
A pesar de que la tasa de desempleo juvenil del 14% en 2022 es la más baja en 25 años, sigue siendo el doble que la tasa de desempleo general. Además, el empleo temporal y el subempleo entre los jóvenes, con tasas del 18% y 13% respectivamente, son motivo de preocupación. A esto se suma el hecho de que el salario medio real de los jóvenes solo ha aumentado un 7% entre 2013 y 2022, un crecimiento menor en comparación con otros lugares como Estados Unidos, mientras que la inflación acumulada en el mismo periodo ha sido de dos dígitos.
Aunque los motivos que se encuentran detrás de esta situación son muchos, hay uno que es especialmente importante: el desacoplamiento entre formación y mercado laboral, que compromete la productividad y la innovación, pospone la emancipación y, en definitiva, ralentiza el crecimiento demográfico — pilares básicos del crecimiento económico.
Productividad: educación y mercado desalineados
La productividad se ve afectada por la desconexión entre la educación y las necesidades del mercado laboral. La disponibilidad de datos es limitada, pero en 2018 un informe publicado por Eurostat ya subrayaba que la alta demanda de profesionales en ciencias, tecnología, ingeniería y matemáticas (STEM) contrastaba con una oferta insuficiente y una sobrecualificación en áreas de menor demanda como ciencias sociales, humanidades y arte. De hecho, la tasa de inserción laboral de los primeros superaba, y continúa superando, en más de siete puntos a la presentada por los segundos, evidenciando la urgencia de alinear la formación con las tendencias tecnológicas actuales.
Innovación: la fuga del talento joven
La innovación también sufre por la emigración de esos jóvenes altamente cualificados hacia mercados laborales más atractivos. Este fenómeno, especialmente pronunciado en la última década, tiene consecuencias negativas para la demografía y la capacidad de innovación de los países emisores de estos flujos emigratorios. Prueba de ello la encontramos en la tasa de emigración de jóvenes cualificados de la UE, que aumentó del 9% del año 2000 al 20% con el que cerró 2022. Este drenaje de talento se refleja, entre otros, en una menor capacidad innovadora —como lo demuestra la baja producción de patentes en comparación con líderes globales como China y Estados Unidos— y en una mayor importación de productos y servicios innovadores, principalmente de esos mismos países.