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Economía española

El turismo español: de motor de la recuperación a factor de rating

Con más de 94 millones de visitantes y un peso cercano al 13% del PIB, el turismo explica buena parte del diferencial de crecimiento español. Pero un motor tan potente como concentrado también es una vulnerabilidad estructural.

Antonio Madera del Pozo · 15 de agosto de 2026 · 5 min de lectura

Estamos en pleno mes de agosto y, un verano más, España vuelve a batir sus propios registros. El país cerrará el ejercicio en el entorno de los 94 millones de visitantes internacionales, una cifra que consolida a nuestra economía como el segundo destino mundial y que, conviene recordarlo, apenas hace un lustro parecía inalcanzable tras el paréntesis de la pandemia. Y, no obstante, el dato invita a una lectura más pausada que la del titular de temporada.

Empecemos por la magnitud. El turismo aporta en torno al 13% del PIB y sostiene alrededor de una de cada ocho ocupaciones del país, con un efecto de arrastre que desborda ampliamente al hotel y al restaurante: transporte, comercio, construcción, servicios profesionales, incluso el sector agroalimentario que abastece a esa demanda. No es baladí que buena parte del diferencial de crecimiento que España viene exhibiendo frente a la media del área euro —ese 2,1% frente al 0,9% previsto para 2026— se explique por la fortaleza de la demanda de servicios, con el turismo como principal soporte. Mientras el núcleo continental se debate entre el estancamiento industrial y la factura energética, la economía española pedalea desafiando los nubarrones.

El otro lado del balance

Ahora bien, no todo es positivo en este balance. La primera advertencia es de manual: un motor tan potente como concentrado es también una vulnerabilidad. La experiencia de 2020 debería seguir fresca en la memoria colectiva —el PIB español se desplomó un 11,2%, muy por encima de la media europea, precisamente por su especialización en servicios presenciales—. La historia no se repite exactamente igual, pero sí rima: cualquier perturbación que afecte a la movilidad, ya sea sanitaria, geopolítica o energética, golpea a España con una intensidad que no experimentan economías más diversificadas.

La segunda advertencia es de productividad. El turismo genera empleo con rapidez, pero lo genera mayoritariamente en actividades de menor valor añadido por ocupado, con elevada estacionalidad y temporalidad. Dicho de otro modo: crecemos en volumen antes que en valor. Y una economía que crece sumando visitantes en lugar de sumando productividad por visitante tiene un techo, porque el destino se satura mucho antes que el mercado.

Crecemos en volumen antes que en valor. Y el destino se satura mucho antes que el mercado.

¿Y qué implicaciones tiene todo esto para la solvencia? Aquí es donde el argumento aterriza en lo que nos ocupa a las agencias de calificación. En el corto plazo, el turismo es un factor claramente favorable: sostiene el crecimiento nominal, mejora la recaudación por IVA y cotizaciones, y contribuye a un superávit por cuenta corriente que reduce la dependencia del ahorro exterior —un elemento que, con una deuda pública todavía en el entorno del 100% del PIB, no es un detalle menor—. En el largo plazo, sin embargo, la lectura se vuelve más exigente: la calidad crediticia de un soberano no se mide solo por cuánto crece, sino por la solidez y la diversificación de aquello que lo hace crecer.

De ahí que la conversación pertinente no sea si vendrán más turistas —vendrán—, sino qué hacemos con ellos. Elevar el gasto medio por visitante, desestacionalizar la demanda, reinvertir los ingresos en infraestructuras y en formación, y gestionar la presión sobre la vivienda y los servicios públicos en los destinos más tensionados. Ese es el itinerario que separa un país que recibe turistas de un país que capitaliza su turismo, y los ejemplos de reconversión —Portugal es el más cercano y el más instructivo— demuestran que la diferencia no está en el clima, sino en la política económica.

En definitiva, el turismo ha sido y sigue siendo el gran activo de la economía española, y sería un error de análisis minusvalorarlo. Pero un activo no es una garantía: lo que hoy sostiene el diferencial de crecimiento puede mañana amplificar el siguiente shock si no viene acompañado de diversificación productiva y de disciplina presupuestaria. Al fin y al cabo, en el análisis de solvencia importa tanto la altura del crecimiento como la anchura de sus cimientos.

Las opiniones expresadas en este artículo son estrictamente personales y no representan la posición de ninguna entidad con la que el autor mantenga relación profesional.

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